En diciembre de 1981 se distribuyó a la prensa argentina un documento de la llamada Generación de Narradores del 70 contra la dictadura, la corrupción del lenguaje y la censura; se trataba del producto imperfecto y tardío de un año de trabajosa negociación en el seno de un grupo muy heterogéneo, tanto ideológica como estéticamente, integrado por unas veinticinco personas.
El resultado fue incompleto, desdibujado y pasó casi completamente inadvertido, pero aquel Documento representa la única oportunidad en que todos los escritores argentinos nacidos entre 1940 y 1950, que comenzaron a publicar alrededor de 1970, se juntaron para realizar una acción común; nunca lo hicieron antes y seguramente nunca lo intentarán nuevamente. En ese sentido, el proceso de discusión y redacción de aquel texto, más que el texto mismo, representa uno de los múltiples relatos que deberían articularse en la historia de la literatura argentina del siglo XX.
Eran los años más oscuros de la dictadura militar argentina: en 1980 ni siquiera se había encendido la débil esperanza provocada por el traspaso del poder de Videla a Viola - y que pronto demostró ser producto del deseo más que de una deducción política- y el gobierno de facto tampoco había apelado aún a la aventura desesperada de la Guerra de Malvinas para intentar perpetuarse en el poder
La ciudadanía parecía estar bajo control, con Videla como Presidente y Martínez de Hoz al frente de la economía, por lo que nada permitía vislumbrar el fin de aquel siniestro período de la historia argentina. Después de cuatro años, el miedo y la cerrazón estaban instalados en toda la sociedad, lo que afectaba de una manera particular a los intelectuales, inhibidos de expresarnos libremente a riesgo de nuestras vidas. Habíamos perdido a colegas, como Haroldo Conti, ya comprendidos en la cruel metáfora de desaparecidos.
En este marco, el único ámbito en el que había un ambiente más distendido para la reflexión y podían publicar todos los escritores, es decir donde no funcionaban listas negras, era el Suplemento Cultura y Nación del diario Clarín. Fundado en 1945 por Roberto Noble - un dirigente del Radicalismo Intransigente de Arturo Frondizi (1) que, siendo Diputado Nacional, fue autor de la Ley de Propiedad Intelectual- en ese momento era el diario de mayor tiraje en el mundo de habla hispana y estaba conducido por su viuda, quien mantenía aún una fuerte vinculación con el desarrollismo. Destacados dirigentes cercanos a Rogelio Frigerio ocupaban cargos en la redacción y otros, como su hijo Octavio, actuaban desde fuera influyendo directamente en la línea editorial.
En la redacción de ese Suplemento se refugiaban todos los escritores de mi generación que habían permanecido en el país. Yo acababa de publicar mi primer libro (2) y escribía en varios medios, pero igual sentía que aquéllos que tenían cinco o seis años más y un par de títulos en su curriculum conformaban una categoría superior en el escalafón literario: Rodolfo Rabanal, Ricardo Piglia, Liliana Heker, Luis Guzmán, Héctor Lastra, Enrique Medina, Juan Carlos Martini Real, Pacho O'Donnell, Fernando Sánchez Sorondo, Eduardo Belgrano Rawson, etcétera, y Jorge Asís, que trabajaba en la redacción y escribía sus Crónicas de Oberdán Rocamora. Reina Roffé era algo menor, pero con una considerable producción y muchas vinculaciones generacionales, esto último en razón de haber estado casada con Martini Real.
Alina Diaconú y Liliana Heer tenían entonces antecedentes equivalentes a los míos, como los más novatos y que yo consideraba realmente mis pares: Antonio Brailovsky, Leonardo Moledo, Ana María Shua, Jorge Landaburu y Hugo Corra.
Justamente había sido él - J.C. Martini Real- quien primero habló de una generación literaria, refiriéndose a los narradores nacidos después de 1940 y que comenzaran a publicar alrededor de 1970, llamándolos promoción de las ratas por su tendencia a la dispersión. El cambio de sustantivo no era ingenuo, ya que el concepto de generación presuponía algún tipo de conciencia grupal que parecía no darse. Es más, existía rencores, antipatías y abismales diferencias ideológicas entre los supuestos miembros de ella.
Sin embargo y a pesar de recelos y desconfianzas, a principio del otoño de 1981, alguien sugirió que nos juntáramos a debatir la situación que estábamos viviendo y las posibles acciones a seguir. No sé exactamente cómo surgió la idea, pero recuerdo que desde el principio, Guillermo Ariza que dirigía el Suplemento Cultura y Nación de Clarín, apoyó y hasta la impulsó. Su buena voluntad era sustancial para la eventual difusión de material escrito, porque éramos conscientes de que no podríamos contar con otros medios de prensa.
La primera reunión se realizó en casa de Pacho O'Donnell y se convocó a todos los narradores de la franja generacional que vivían en Buenos Aires - Diego Angelino por ejemplo, que se había mudado a El Bolsón, fue omitido en razón de la distancia -, excepto a César Aira, quien iba a publicar Ema, la cautiva (3) recién en octubre de ese año, novela que no fue la primera pero sí la que tuvo alguna repercusión en el medio.
Hago esta aclaración porque creo que la omisión fue involuntaria, cosa que vista desde la perspectiva actual puede parecer inverosímil: Aira es el escritor más reconocido de la generación y ha mantenido recientemente una ácida polémica con Ricardo Piglia. Sin embargo, a principios de los ochenta era casi un desconocido, no recuerdo que colaborara con Clarín y, tal como ahora, hacía una vida muy recoleta, por lo que tampoco existían lazos de amistad que lo unieran a alguno de los mayores que lideraban el movimiento.
De los convocados, sólo Luis Guzmán se autoexcluyó. En cambio, fue producto de una decisión grupal no incluir a los escritores que por cualquier razón - exilio o no- vivían en el exterior, lo que posteriormente sería nocivo para la difusión del documento que se produjo, pero sobre todo, por la fractura que se generaría después de la recuperación de la democracia. A título personal y en la medida de lo posible, mantuve informados a Blas Matamoro que ya vivía en Madrid, y a Héctor Libertella y Tamara Kamenzain que estaban en México, pero había muchos más fuera de la Argentina: Juan Martini, Vicente Battista, Mario Golovoff, Osvaldo Soriano, etc. A partir de diciembre de 1983 muchos de ellos volvieron al país y se entablaron dolorosos cruces de acusaciones entre los que se habían ido y los que se habían quedado, registrados por la prensa de la época como el debate del exilio y del que participó hasta Julio Cortázar. Posiblemente, una actitud más generosa en aquellos meses de 1981 hubiera prevenido algunos de ellos.
La reuniones eran esporádicas y algunas veces cambiábamos de lugar por razones de seguridad. Un par de ellas se hicieron en mi casa, por entonces un departamento en la calle Pasco entre la Avenida San Juan y la autopista recientemente construida; era un piso alto que quedaba prácticamente al nivel de ella, por lo que muchas veces escuchábamos la sirena de la policía pasando tan cerca nuestro que se nos helaba la sangre.
En ese clima opresivo no parecía conveniente dejar huellas explícitas de lo que podía parecer, a los ojos del poder, una suerte de conspiración, además de no reinar el espíritu festivo de la simpatía espontánea. Nada más lejos de una foto para la historia de la literatura, como la del Grupo de la revista Sur, en las escalinatas de la casa de Victoria Ocampo en Palermo Chico. A pesar de ello, Leonardo Moledo comenzó a llamarme laVictoria Ocampo de la Generación del 70.
Pasamos mucho tiempo debatiendo qué acciones concretas podíamos tomar, en tanto intelectuales, para enfrentar la situación que estábamos viviendo, no sólo los escritores sino todos los argentinos. La sensación que tengo hoy es que ni la supervivencia, ni la resistencia individual eran ya suficientes, por eso se manifestaba esa necesidad gregaria.
Sin embargo, la formulación concreta de la satisfacción colectiva a esa necesidad no era cosa fácil, especialmente por las diferencias ideológicas de los participantes, que cubrían todo el arco del pensamiento democrático, desde el centro hasta izquierda más radical. Finalmente se decidió que lo más razonable era sacar un documento que fijara la posición de la generación frente a la dictadura.
El Documento fue redactado por tres ternas sucesivas; la primera estuvo integrada por Ricardo Piglia, Rodolfo Rabanal y J.C. Martini Real, y fue la que definió las grandes áreas sobre las que queríamos expresarnos: contra la dictadura, la censura y la perversión del lenguaje - que incluía el uso de palabras de contenido enmascarado, como desaparecidos. Uno de los temas de más complicado tratamiento fue el de la violencia, que motivó larguísimas discusiones, ya que los más radicales se negaban a condenarla genéricamente y los moderados veían insuficiente la sola reprobación del terrorismo de estado.
Por fin, en noviembre de 1981 el Documento estuvo listo para comenzar el proceso de firmas. Se hicieron dos copias para facilitar la suscripción, ya que se había decidido solicitar el apoyo a escritores prestigiosos de las generaciones anteriores, no sólo para darle mayor fuerza sino para disminuir nuestra propia vulnerabilidad. El original que se reproduce a continuación es el que yo conservé porque tenía la mayor cantidad de firmas ológrafas. Como puede verse, Piglia encabeza la lista y Pacho O'Donnell figura en la segunda línea; sin embargo, a la hora de la divulgación del Documento, ambos solicitaron ser omitidos.
|