Norah Borges: La vanguardia enmascarada

 

NORAH BORGES:

LA VANGUARDIA ENMASCARADA

MAY LORENZO ALCALA

Norah Borges: La vanguardia enmascarada

INTRODUCCION

Norah Borges es una artista olvidada… opacada por el brillo de su hermano Jorge Luis, por la personalidad arrolladora de su marido, Guillermo de Torre, y por una opción propia de la que, aparentemente, nunca se arrepintió. Desde el punto de vista plástico fue una promesa vanguardista que se frustró y, posteriormente, el paradigma de lo que debía ser la pintura femenina en la primera mitad del siglo XX; tal vez por eso, en la segunda mitad entró en un cono de sombras del que asoma, de vez en cuando, con motivo de algún remate, junto a Soldi, March o Diomede, no con Xul Solar o Pettoruti como hubiera sido de esperar en la década del 20.

Como ilustradora, en cambio, fue una predestinada: en Argentina, durante el siglo entero que vivió, sólo dos artistas plásticos llevaron esa actividad a alturas equivalentes: Luis Seoane y Carybé. Sin embargo, tal vez por inercia o porque se la considera una disciplina subsidiaria, tampoco en este campo ha tenido el reconocimiento debido.

Como dice su hijo Miguel de Torre, un puñado de voluntarios – Patricia Artundo, a la que reconozco su actividad precursora; Roberta Quance en Irlanda del Norte; Daniel Nelson, en Estados Unidos; Sergio Baur y yo, desde el lugar al que nos lleve la diplomacia- en distintos tiempos y con diferentes miradas, hemos vuelto a leer su obra. En mi caso, el interés es reevaluarla, reubicarla en un contexto internacional y nacional donde ha estado, según mi percepción, fuera de foco. Sin embargo, ésa no fue mi intención inicial.

Cuando, principios de 1999, Sergio Baur me pidió que le ayudara a buscar material de Norah Borges, yo no imaginaba que esa colaboración oficiosa terminaría en un libro. En su calidad de Consejero Cultural de la Embajada Argentina en España, Sergio estaba en contacto con la Residencia de Estudiantes, institución mítica relacionada con las vanguardias del 20, y sus responsables le habían propuesto organizar una muestra –que no se concretó hasta ahora- de grabados de la artista junto a la producción gráfica de Francisco Bores. Además de la similitud de apellidos, que dio lugar en su época a alguna boutade del hermano escritor, la obra sobre papel de ambos, correspondiente a la década heroica, evidencia muchos puntos de contacto.

Sergio sabía de mi pasión por las vanguardias del 20 - que ya había dado como resultado un libro, Vanguardia argentina y Modernismo Brasileño, años 20; una antología en portugués en colaboración con Jorge Schwartz, Vanguarda argentina, anos 20; y múltiples artículos- por lo que no tuvo que exigirse mucho para entusiasmarme con el proyecto. Se trataba exclusivamente de ubicar grabados de la década referida. Busqué a Patricia Artundo, que había publicado el único libro contemporáneo sobre la artista y justamente sobre el tema específico, Obras gráfica, 1993. En esa primera charla me di cuenta de que Norah Borges era una especie de yacimiento arqueológico prácticamente sin excavar.

Durante los dos años siguientes en que permanecí en Argentina me aboqué a explorar las casas de amigos y parientes de Norah Borges, de donde surgen descubrimientos como las cartografías – Cartografías y modernidad, los mapas desconocidos de Norah Borges, revista Transiciones, Mar del Plata, 2003-; el óleo Las cometas, absolutamente inédito y presumiblemente una de las cuatro obras que la artista expuso en 1936 en el Jeu de Paume de París, junto a Picasso, Miró, Gris, etc., que pertenecía a la Colección Bioy Casares- Silvina Ocampo; varios grabados también inéditos hasta entonces, además del primer librito escrito e ilustrado por ella, Poesías, tomo I.

En el año 2000 viajé a España y, con Sergio Baur, fui a Valldemossa, Mallorca, a fin de verificar a supervivencia del mural que ella pintara en el Hotel des Artistes, oportunidad en que descubrimos la tinta Guiñoles sobre telón, también inédita hasta ese momento. En Madrid ubiqué al coleccionista presuntamente anónimo que había comprado Notas lejanas, el segundo libro familiar de poemas de Norah, ilustrado por ella, que contiene el primer prólogo escrito por Borges; él nos permitió fotografiar la totalidad del pequeño volumen, antes de volver a cerrarse en su proverbial hermetismo.

Al año siguiente me mudé a España –por casamiento, no por Norah-, lo que me permitió revisar en forma exhaustiva las publicaciones ultraístas peninsulares en las que los hermanos Borges colaboraron, donde ubiqué muchas colaboraciones casi desconocidas de Norah que aclaran su derrotero por la vanguardia y alumbran sobre su evolución posterior. También investigué las revistas francesas y polacas con, aunque más exiguos, parecidos resultados.

Por eso, un mérito que me adjudico es haber desenterrado restos arqueológicos que estaban a flor de tierra, sólo ocultos por algunas capas de polvo.

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Pero, además de detective cultural, soy escritora y coleccionista de arte, por lo que no podía evitar el enhebrado de aquellas cuentas aparentemente dispersas. Paralelamente a la investigación había comenzado a juntar algunas obras de Norah que me ofrecían en venta, aunque exclusivamente de la etapa vanguardista que es la que me sigue interesando, y los libros ilustrados por ella, por lo que una parte importante de material estaba directamente en mis manos, como una cotidianeidad retadora.

La historia se fue macerando en forma casi inconsciente, completándose con retazos, como un patchwork, cada vez que descubría una obra desconocida o un documento con pistas. Aunque los espacios vacíos hayan sido llenados por la imaginación, estoy segura de que mi versión se parece bastante a la realidad.

Norah era una niña despierta y activa en un medio familiar que se dividía entre las veleidades intelectuales del padre, y la religiosidad y la tradición social cultivadas por la madre – Miguel de Torre cuenta que su abuela Leonor rogaba a la vida que le diera una vejez con salud y mucamas. Jorge Luis, el hermano, no era tan tímido ni prescindente de la vida social como se iba a fabular para justificar las limitaciones que, con el paso del tiempo, la ceguera le iría generando. Sí era inteligente y gozaba de una memoria prodigiosa, que lo convertiría en un erudito prematuro.

Para la gente como los Borges, patricia venida a menos económicamente, ser artista era una digna salida a la mediocre necesidad de trabajar para ganar el sustento diario, por lo que ambos hijos fueron incentivados a cultivar las disciplinas para las que demostraban aptitudes. Al principio no estaba claro quién sería pintor y quién poeta pero, por suerte para la literatura y la plástica, ella desistió de rimar Lulú con frufrú y él de borronear tigres de Bengala.

Si bien el arte era una adorno apreciado en las niñas, no excluía la necesidad imperiosa de que se casaran, por lo que los devaneos vanguardistas de Norah fueron custodiados de cerca por su madre o, en representación familiar, por su hermano. Por eso el contacto directo con los muchachos revoltosos sólo era admitido en la propia casa paterna o en las accidentales residencias de la familia en Europa.

A pesar de que Norah pasó desde los trece hasta los veinte años en Europa –además de otro viaje de doce meses, cuando tenía veintidós años- el período juvenil transcurrió en España, en esa época país de costumbres sociales todavía más rígidas que la Argentina, y los pasajes por Francia, donde estaban más liberalizadas, fueron efímeros. Así que, la combinación de preconceptos respecto de la vida que debía construirse una joven de bien y la responsabilidad femenina de asumir la devoción de la familia –en mi familia, la religión era cosa de las mujeres, diría Borges en su Autobiografía- hicieron socavón en Norah, pese a que al principio tratara de disimularlo.

Los coqueteos admitidos para las chicas eran los que concluían en relaciones platónicas; parecen haber sido de ese carácter las pasiones que Norah motivó entre los jóvenes ultraístas, ya que se manifestaban públicamente en poemas, como los de Adriano del Valle o de Isaac del Vando Villar, y la familia no parecía molestarse. En cambio, cuando Guillermo de Torre irrumpió en escena, los controles se redoblaron. Pese a ello, el crítico español debió contar, sino con el beneplácito, por lo menos con la autorización de los Borges, ya que desde el principio la cortejó abiertamente. Las virtudes de Norah contaron con una publicista oficial, Adelina del Carril –mujer de Ricardo Güiraldes y amiga familiar – quien, con sus cartas, se encargó de incentivarlo a formalizar.

Artísticamente, Norah había sido muy perceptiva, incorporando a sus obras rasgos evidentemente expresionistas; sin embargo, cuando ya en España se enfrenta al cubismo, esta tendencia no la permea con la misma facilidad; la artista la somete a adaptaciones que, manteniendo la apariencia, no descomponen el objeto sino apenas alteran su percepción: es lo que llamamos rombismo. Tal vez éste fuera el primer síntoma de la batalla que se estaba librando en su interior entre sus inquietudes artísticas y la necesidad de cumplir con el rol femenino establecido.

La formalización de su relación con Guillermo de Torre, hombre de personalidad imperiosa y dominante, marca no sólo el momento en que las vidas de los dos hermanos comienzan a desarrollarse en forma independiente, sino también un creciente deslizamiento de la obra de Norah hacia una estética que respondiera a los cánones femeninos de la época. La pareja se casa en 1928 y, si bien reside al principio en Buenos Aires donde él se convierte en el primer Secretario de Redacción de la revista Sur, en 1932 se instala en España respondiendo a un ofrecimiento para colaborar en la implementación del proyecto de la Universidad de Verano de Santander.

Norah retoma, a través de Guillermo, los contactos con la intelectualidad española. Colabora en las revistas de la época y hasta participa en algunas actividades exclusivas de los artistas ibéricos, como la presentación , a principios de 1936, en el Jeu de Paume de París, junto a Picasso, Miró, Gris, etc. Si bien los brotes vanguardista en su obra son ya muy infrecuentes, su nueva pintura, plácida, de colores pastel, plagada de figuras religiosas, de aldeanas, de niños regordetes y de quintones coloniales, es leída por sus contemporáneos como una adecuada respuesta al llamado a la vuelta al orden.

Contemporáneamente, desarrolla una ingente actividad como ilustradora, que había iniciado en la década del 20 con las tapas a los dos primeros poemarios de su hermano. Esta es una tarea que la acerca profesionalmente a Guillermo de Torre quien, desde su vuelta a la Argentina en 1936, se convierte en el hombre fuerte de la Editorial Losada.

El retardado nacimiento de los hijos de la pareja –Norah tenía cerca de cuarenta cuando llegó el primero- agudiza su tendencia a reducir el núcleo social a los familiares, especialmente la madre, Leonor, y los amigos de su clase y condición. Lejos están los tiempos en que Norah, con Jorge Luis, se mezclaba indiscriminadamente con jóvenes bullangueros con el sólo requisito de que estuvieran a la pàge en arte. Guillermo, que tal vez originalmente promovió o alentó la conversión de Norah en una señora de su casa, tanto social como artísticamente, ahora debe ejercer de muro de contención y muchas veces cuestionar las reaccionarias actitudes de su mujer.

Por otra parte, las diferencias entre Guillermo y Jorge Luis, el cuñado escritor que se va convirtiendo en famoso a nivel internacional, se agudizan, lo que obliga a Norah a hacer equilibrio entre ambos. Pero la tendencia natural a defender el núcleo primario, hace infrecuentes las colaboraciones de ella con su hermano y más cotidianas las impulsadas por el marido, sean ilustraciones para Losada o para otras editoriales vinculadas a De Torre.

Finalmente, las aguas del embalse retenidas por el marido se desbordan a la muerte de éste, catástrofe que, por contraste, se manifestará con características piromaníacas. Y después del fuego, la decadencia será incontenible.


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Esa es la historia que, en base a un derrotero plástico e intelectual, pretendo contar en este libro. Creo que he sido justa en las ponderaciones y lealmente crítica, porque reubicar a Norah Borges en la historia de la plástica internacional y argentina no significa ignorar sus renuncios ni adjudicarle méritos que no tuvo.

MAY LORENZO ALCALA


 

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